El papel de la podología ha variado notablemente desde los remotos tiempos en que las afecciones de los pies eran tratadas por los llamados “callistas”. Actualmente, esta disciplina, afín a la traumatología, cuenta con una merecida consideración gracias a su progresiva especialización que ha derivado en su definitiva consolidación. Como médicos encargados de estudiar, diagnosticar y tratar cualquier enfermedad relacionada con los pies, los podólogos son un colectivo imprescindible del actual sistema sanitario. Su trabajo, que suele complementarse con la intervención de clínicas de ortopedia, resulta sumamente útil.
Las dolencias de las que pueden aquejarse los pies son variadas. En relación a las uñas, estas pueden sufrir onicomicosis o onicocriptosis en función de si la afección viene determinada por la existencia de hongos o por una encarnación. Otra causa habitual para visitar a un podólogo es la bromhidrosis, provocada por un exceso de sudoración que suele derivar en un característico mal olor. Algunas infecciones por hongos pueden iniciarse en los espacios interdigitales para extenderse posteriormente por el resto del pie, provocando ampollas y otras lesiones; es el caso del famoso pie de atleta, otro de los males más habitualmente tratados por los podólogos. Por su parte, los callos y dolencias similares pueden afectar indistintamente a jóvenes y ancianos haciendo imprescindible una visita al especialista.
Por otra parte, existen lesiones derivadas de prácticas deportivas cuya curación demanda la sinergia del trabajo de un podólogo y el uso de productos ortopédicos. Estos últimos son muy habituales en los tratamientos de afecciones articulares y, además de los ya mencionados, se aplican a diferentes casos como los problemas de pisada o la fascitis plantar, cuyo principal síntoma consiste en fuertes dolores en el arco o en la zona de los talones.
Es importante reconocer cuándo ir a un podólogo, así como cuándo recurrir a la ortopedia en beneficio de la salud de los pies.
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